LaLiga y la Federación Española tendrán que explicar por qué ante una sospecha de racismo en un partido de Primera, la supuesta víctima ha acabado en la grada y el presunto agresor se ha mantenido en el campo. El peor ejemplo para las campañas antiracismo que ambas instituciones abanderan y que, ante una situación real durante el juego, no tiene protocolo ni solución. Queda a merced de la dignidad de un vestuario y, como en el caso de ayer, de la decisión del jugador insultado. La secuencia de lo ocurrido ayer en el Ramón de Carranza muestra las vergüenzas de todos, incluidos ambos equipos.

Todo empezó en un córner en el minuto 29 en el que, con el partido empatado a un gol, el central francés del Valencia Mouctar Diakhaby pugna por despejar un balón con Juan Cala. Mientras Jaume volvía a poner el balón en juego, su compañero se desentendía de la jugada y perseguía al sevillano, que se volvió hasta dos veces para dirigirle unas palabras que desencajaron al francés. Le buscó, lo trató de frenar primero Gameiro y luego Fali, que lo arrinconó en el otro área mientras llegaba el colegiado Medié Jiménez para mostrarle una amarilla. Y allí arrancó la furia del Valencia. El joven defensa le dijo al árbitro que Cala le había llamado «negro de mierda», según confirma el acta arbitral. Los capitanes José Luis Gayà y Gabriel Paulista ni se lo pensaron: «Nos vamos, nos vamos».

Mientras, Álvaro Cervera reclamaba a un Cala ya cabizbajo para pedirle explicaciones. Los dos equipos acabaron en el vestuario para minutos después volver a saltar al césped, el Cádiz con Cala y el Valencia sin Diakhaby, que se rehizo de las lágrimas para seguir el partido en la grada tras confirmar el club de manera oficial que había recibido un insulto racista.

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